Sin pretender ser un experto, en base a lo que he observado de unos años para acá, puedo hacer una conjetura sobre cómo se puede controlar a las masas sin necesidad de reprimirlas físicamente, pero si intelectualmente.

Dentro de lo que he observado, es que el mexicano promedio, más que ser un individuo de ideas, es más bien un individuo de pasiones y sentimentalismos. Somos fanáticos de las historias de superación, de la idea que siempre el que empieza desde abajo es el que llega más alto, si le hablan bonito se puede creer cualquier mentira y que el mundo es color de rosa.

Ejemplifiquemos con algunas cuestiones muy claras:

La televisión como ya sabemos es el instrumento de control predilecto de todo régimen. Es aquí donde abundan las famosas historias donde la adversidad siempre es vencida por algún alma indómita, inconforme y ambiciosa con ganas de salir adelante y siempre lograrlo. Solo espero que cuando la realidad los alcance, la caída de su nube no sea tan dolorosa. Las telenovelas son sin duda alguna el refugio emocional de la mayoría de las personas, la historia ya conocida de la mujer pobre que se enamora del hombre rico que se enamora de ella y al final todos fueron felices para siempre. Sin duda la idealización de una vida color de rosa es lo que más perjudica a la sociedad. La realidad nos enseña que es muy diferente y más en una sociedad tan clasista como la mexicana, donde las clases sociales están muy bien delimitadas y separadas una de la otra; más sin embargo, esas historias que son válvulas de escape son muy efectivas y tal vez la causa de la efectividad sea que las personas se visualizan en esas fantasías.

O la nueva moda de la programación, los programas religiosos (La rosa de Guadalupe, A cada quién su Santo). Donde la idea fundamental es que todo es un milagro, la resolución de los problemas es producto de la espontaneidad. Que basta con pedir para que te sea dado. La realidad de las cosas es que en la vida real así no funciona; en la vida real, es un continuo batallar por sobresalir, para llegar, por lo menos a adquirir lo mínimo para vivir. Saben cómo funciona un pueblo con una profunda espiritualidad (no nos meteremos en la discusión de si existe o no Dios), que hasta con eso saben hacer negocio y usarlo como otra forma de manipulación, que saben, le gusta al público.

La política no es la excepción. Las campañas políticas, principalmente del PRI o el PAN están llenas de una carga emotiva que atrae el voto de las clases sociales menos privilegiadas y con acceso a la educación más restringido. Basta con ver la campaña presidencial de EPN, donde su esposa, la actriz Angélica Rivera grababa “detrás de cámaras” la campaña de su esposo, haciendo ella el papel de la esposa feliz, leal y siempre mostrando un apoyo incondicional y amor desmedido por su pareja (al estilo telenovelesco). Fue una campaña de sentimentalismos, no de propuestas, fue una campaña televisiva, una novela mejor dicho.

Sin duda, para ganarse la atención del pueblo mexicano la receta es, en teoría, fácil, dales por su lado, el sentimental, el de las pasiones, de la idealización de una vida fácil, una burbuja donde no pasa nada y la realidad pasa a segundo plano.

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