Y damos inicio a un pequeño especial para estos días de Finados… con una serie de leyendas de la región lagunera. Ya hace algunas entradas les relataba la Leyenda de Don Isauro Martínez, en Torreón Coahuila. La leyenda que ahora vamos a relatar toma lugar en uno de los pueblos que conforman la Comarca Lagunera, en Tlahualilo, Durango.

“La historia que voy a contar tuvo lugar hace ya muchos años. Se cuenta que Ponciano cuando joven, gustaba mucho del vino y las mujeres. Y tanto era su delirio que con tal de conseguir medios para satisfacer sus necesidades una noche pidió con mucha vehemencia al Diablo que lo hiciera muy rico y así poder darse la gran vida. Pero de nada sirvieron sus ruegos, ya que la noche siguió tibia y callada y nada denotó que si pretensión fuera escuchada.

No se sabe a ciencia cierta si luego continuo Ponciano con aquella imploración; los años pasaron llevándose los ímpetus del personaje, que ya ni recordaba su temeraria solicitud. Después se dedico a cuidar la maquina trilladora de un ejido, en cuyas tierras se quedaba después de laborar.

Sucedió que una noche oscura y fría, tan fría que había de tener encendida una fogata para calentarse y tan oscura como las fauces de un lobo, Ponciano cabeceaba adormilado cuando de pronto escucho un susurro que como traído por el viento suavemente lo llamaba por su nombre. Éste se incorporó sobresaltado, buscando a quien le hablaba en medio de esa tenebrosa negrura: a lo lejos solo se escuchaba el aullido de los coyotes y el triste canto de los grillos. De repente, entre la escasa luz que daba la empequeñecida fogata y como salido de la nada, apareció frente a él un jinete ataviado con elegante traje de charro y montado en un brioso corcel negro, tan negro como la misma noche que le cubría. Ponciano miraba claramente la espectral figura, y aunque el débil resplandor de la hoguera le daba al visitante casi de frente, por más esfuerzos que hacía no lograba descubrir su rostro bajo el ala del sombrero. Era como si una espesa y densa niebla le velara la cara.

Estaba a punto de convencerse de que aquello solo era un mal sueño o visión forjada por las sombras de la noche, cuando justo de esa figura sin rostro y con destellos de plata-por los adornos de su traje- surgió una voz clara y fuerte que le dijo:

-Ponciano, amigo… ¿Recuerdas cuando me llamaste? Entonces me encontraba lejos y no pude acudir a tus reclamos, pero ahora aquí me tienes.

Haciendo gala de una gran sangre fría, Ponciano le respondió calmadamente

-No pos ya no te necesito. Cuando te hablaba era yo joven y por eso te buscaba; ahora que ya estoy viejo, pos ya pa’ que.

El elegante jinete, que a cualquiera hubiera puesto la carne de gallina, le replico:

-Bueno, no importa. Pero de cualquier manera puedo darte algo: súbete a mi caballo y vamos a dar una vuelta. Nomás te pido una cosa: cierra los ojos y no los abras hasta que yo te indique.

Ponciano no dudo mucho, tal vez deseoso de una aventura o porque estaba como hipnotizado por aquella gallarda y misteriosa aparición. Se subió al caballo, cerró los ojos y sintió que arrancaron. Pero, cosa extraña, no escucho el galopar del equino; solo un viento helado que le golpeaba el rostro. Este mismo aire le desprendió el sombrero, que dando varios giros fue a dar entre los mezquites.

Ya no había tiempo para arrepentirse, y así sin saber qué rumbo tomaban, continuaron su macabro viaje. Sin medir tiempo ni distancia Ponciano sintió que llegaron, porque cesó el viento y una fuerza desconocida lo bajo del caballo. Abrió los ojos y miro a su alrededor; el charro, con todo y su cabalgadura, había desaparecido. Se encontraba solo, en medio de una gran cueva arreglada como si fuera cantina: con las paredes cubiertas por espejos y luces fulgurantes; un sonido estridente llenaba todos los rincones, mientras hermosas mujeres con exceso de maquillaje y ligeras ropas se paseaban insinuantes entre las mesas ocupadas casi en su totalidad por hombres cuyos rostros reflejaban una gran tristeza y soledad.

Al asustado Ponciano la aventura no le estaba gustando, y se sentía cada vez más arrepentido de su osadía; tembloroso y con la garganta seca, no podía ni articular palabra. Se le ocurrió que un trago le ayudaría a calmar su creciente miedo: camino tambaleante a la bien surtida barra que sobresalía a un costado del salón. El cantinero de ojos expresivos y rostro pálido se le acerco; dibujando una sonrisa que más bien era una mueco le dijo con cavernosa voz:

-Ponciano: si tomas algo te quedas para siempre; sino, este es el momento que te vayas.

Aterrado, Ponciano no pudo ni moverse. Tenía los pies pesados como un plomo, y para colmo, al volverse con toda lentitud vio en la pista de baile a unas comadres danzando desenfrenadamente, solo que estas comadres tenían ya mucho tiempo de fallecidas. Al fijar más detenidamente su mirada en ellas, Ponciano vio como comenzaron a transformarse: una adquirió rasgos de sapo y a la otra le sobresalieron por debajo del largo vestido unas horrendas patas de gallina. Cuando advirtieron su presencia se le acercaron, mostrando su desdentada sonrisa mientras decían:

-¡Qué, compadre…! ¡Ora ya le toco a usted!

Aquellos fue más de lo permitido por sus fuerzas, y sin sabes mas de si mismo cayó desmayado. Por la mañana sus compañeros al no encontrarlo en la maquina, como era costumbre, se alarmaron y corrieron a buscarlo por los alrededores, temiendo que algo malo le hubiera pasado. No muy lejos encontraron su sombrero y mucho más adelante descubrieron a un inconsciente Ponciano que murmuraba frases incoherentes, con las ropas llenas de polvo y espinas, y señas de haber sido arrastrado por el pedregoso camino.

Con el tiempo, cuando recuperó el habla-aunque con sus facultades mentales menoscabadas-El mismo Ponciano contó su escalofriante aventura.

Lo que aquí se relata sucedió en las cercanías de Tlahualilo en un misterioso lugar que llaman “La Tajada”. Pero de la cueva visitada por Ponciano, y del lugar en que se ubica nunca más se supo nada, ni tampoco nadie se ha atrevido a averiguarlo.”

Recopilador: Francisca Esparza Negrete. Tomado del libro “Habla el desierto. Leyendas de la Laguna

jinete

 

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